Aunque practica mototurismo y se mueve a diario sobre dos ruedas, Emiliano Sánchez-Crespo también es conductor de automóviles. Y ha aceptado la invitación de ‘Mobilitynews’ para hablarnos de su coche clásico favorito: un Dodge Dart 3700 de gasolina al que luego se sustituyó el motor original por uno diésel.
Tengo un muy bonito recuerdo del Dodge Dart. El de faros rectangulares. Mi padre, viajante, visitador médico de profesión, lo compró de segunda mano. Corrían los años 70. El suyo era un modelo americano.
Por aquel entonces aparecieron motores diésel para automóviles y era frecuente, entre los profesionales de la carretera, adquirir el Dodge DART, el SEAT 1500 e incluso el SEAT 1430 y sustituir su motor original por uno de esos económicos propulsores de gasoil. Les pagaban el kilometraje a precio de gasolina y este combustible era mucho, mucho más barato, lo que hacía rentable su inversión.
Peculiaridades del Dodge Dart
Recuerdo de él algunas peculiaridades. Tenía la marcha atrás con gatillo en la palanca del cambio, nada común en aquella época. Y el cambio de luces era un pisón bajo el embrague. ¡Se cambiaba de luces con el pie izquierdo!
Los tornillos de las ruedas ¡apretaban al revés! Los ingenieros de la época creían que la rotación de las ruedas al avanzar podía provocar que las tuercas se aflojaran por inercia. Al usar roscas inversas en el lado izquierdo, el propio movimiento de giro del coche tendía a apretar las tuercas en lugar de soltarlas. El gato cogía el paragolpes, de acero, con una uña y ¡levantaba las dos ruedas!, delanteras o traseras, del coche a la vez.
Y, además de unos enormes sillones tapizados en piel, tenía aire acondicionado. ¡Todo un lujo! Del Simca 1000 Special, el anterior vehículo de la unidad familiar, a este transatlántico podéis imaginar el cambio.

Un automóvil eterno
Poco tiempo lo tuvo mi padre con su motor original, un seis cilindros que tragaba gasolina como si fuera gratis y se acabara mañana. Lo que tardaron en servirle un motor Barreiros, creo que el C60, lo que supuso hacerle algunas modificaciones.
Nuestro Dodge Dart perdió mucha velocidad punta y aceleración, pero se volvió eterno. Devoró cientos de miles de kilómetros sin rechistar. Después de llevar un buen rato el pie sobre el acelerador a fondo, en una carretera llana y sin viento en contra, podías llegar a ver los 140 km/h.
Mi padre me enseñó a conducir en ese coche. Aún no tenía la edad, pero eran otros tiempos y otras carreteras, y me encantaba. Siempre que tenía vacaciones académicas me iba con él de ruta. Siete vueltas y media de volante, sin dirección asistida, y aquel morro interminable, hacía que aprendieras a calcular bien las distancias y las mínimas maniobras necesarias.

11 de febrero de 2026. Por Emiliano Sánchez-Crespo.
Nuestro agradecimiento al historiador Pablo Gimeno Valledor por la cesión de las imágenes.
